Los tiempos de Alberto García-Alix

Alberto García-Alix
La exposición Alberto García-Alix. Autorretrato, resulta una experiencia enriquecedora que no puede dejar indiferente a nadie con una molécula de capacidad para sentir… lo que sea.

Contemplar las fotos de Alberto García-Alix siempre impresiona, pero contemplarle a él a través de su cámara resulta, además, tremendamente inquietante. Mirar a los ojos de este artista, recrearse en los pedazos de su propia piel, dónde él mismo ha colocado la lente… provoca una especie de vuelco en el estómago muy difícil de explicar.


Debe ser algo parecido al vahído que experimentaban aquellas lánguidas mujeres encorsetadas, asfixiadas por el sacrificio romántico que imponían aquellos atenazantes ceñidores; tal vez, el mareo deleitoso a través del hiperbólico trazado de una montaña rusa; o el vértigo que acompaña hasta el desmayo a ciertos amantes del arte, expuestos a eso que se ha dado en llamar Síndrome de Stendhal

La verdad es que no lo sé muy bien, porque nunca he experimentado ninguno de estos tres supuestos, pero sí puedo decir que me resulta muy difícil mirar a los ojos quietos, imperturbables e inquietantes de los autorretratos de García-Alix.

En realidad nunca sé muy bien qué estoy mirando. ¿Repaso los trozos del cuerpo de un tipo más malo que malote? ¿Vulnero en realidad el caparazón de un hombre mucho más blandito por dentro de lo que aparentan sus trabajos? ¿Sus fotografías son tan sólo un ejercicio de experimentación permanente? ¿Es él mismo su propio material de trabajo… y nada más?

Sigo sin encontrar respuestas a mi inquietud, a ese bocado que agarra las tripas y hace que la visita a la Sala Picasso del Círculo de Bellas Artes me convierta en un ser que siente a través de los ojos, sin tener opción siquiera a descubrir el por qué.

A pesar de ello y precisamente por ello, la exposición Alberto García-Alix. Autorretrato, resulta una experiencia enriquecedora que no puede dejar indiferente a nadie con una molécula de capacidad para sentir… lo que sea.

Quizá ahí resida el quid de la cuestión, en que al margen de conocimientos artísticos, de imposiciones de estilos, gustos, encuadres, luces y sombras, lo de García-Alix es un mazazo de sensaciones a través de un entorno puramente visual.

Ni que decir tiene que la exposición que ha arrancado esta semana, ofrece paredes a uno de los genios de la fotografía contemporánea española. Al amparo de su trabajo, reconocimientos tan prestigiosos como el Premio Nacional de Fotografía de 1999, la insignia de Caballero de la Orden de las Artes y las Letras de la República de Francia o el PHotoEspaña del 2012.

Es precisamente PHotoEspaña, en colaboración con el Círculo de Bellas Artes, quien se ha encargado de organizar este recorrido por la obra del fotógrafo, desde los años 70 hasta nuestros días. Son 72 fotografías personalísimas y el vídeo De donde no se vuelve, en los que el artista parece poner todo su empeño en utilizarse como medio de expresión hasta el límite de lo más íntimo.

Es el momento de acercarse a una apuesta valiente y descarnada en la que cada arruga y cada tatuaje no hacen más que narrar en primera persona la visión de una época y el paso del tiempo a través de las huellas que dejaron en el autor.

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